Una conversación con Silvina Vergara sobre canto, transformación, escucha interior y el momento en que una carrera construida alrededor de la voz comenzó a convertirse en algo más amplio.
Durante años, la voz de Silvina Vergara estuvo vinculada al canto clásico. Se formó en San Francisco con distintos maestros de voz y profesores relacionados con el conservatorio, en una etapa en la que otros parecían reconocer antes que ella misma el camino que tenía delante.
Silvina lo recuerda de una manera particular: no fue ella quien eligió primero el canto clásico; sintió que el canto clásico la eligió a ella.
Antes habían estado la danza, el movimiento y la actuación. Después llegó el descubrimiento de una voz capaz de entrar en otro territorio. Pero junto con la formación apareció también una pregunta que terminaría siendo decisiva: ¿tenía que permanecer dentro de una sola forma de cantar?
En un simposio de voz escuchó una idea que le quedó grabada: los cantantes podían ser arquitectos e ingenieros de su propia voz. Para Silvina, que comenzaba a sentirse encerrada dentro de un único estilo, aquella frase abrió una puerta.
Cuando el aplauso ya no fue suficiente
En 1996 llegó uno de esos momentos que, vistos desde el futuro, parecen marcar el final de una etapa.
Silvina había sido invitada a conciertos de verano en Italia y ofreció allí lo que recuerda como su último recital clásico. La presentación terminó, llegaron los aplausos… y también una sensación inesperada.
Algo faltaba.
No era una cuestión de cantar mejor ni de recibir más reconocimiento. La pregunta apareció después del aplauso: ¿y ahora qué?
Al regresar a Estados Unidos, sintió que aquella identidad de cantante que había construido durante años comenzaba a disolverse. Fue un período incómodo. La estructura conocida —el escenario, la interpretación, la idea de quién debía ser una cantante— ya no parecía suficiente.
Esa ruptura no significó abandonar la voz.
Significó empezar a escucharla de otra manera.
Voz, sonido y búsqueda interior
Silvina comenzó entonces a explorar el sonido desde un espacio más amplio, junto con prácticas de expansión de conciencia y búsqueda interior.
En su relato, ese proceso fue desmontando estructuras personales y artísticas. El canto dejó de estar únicamente asociado a la interpretación para convertirse también en una forma de exploración.
Allí empezaron a encontrarse dimensiones que hasta entonces parecían separadas: la artista y la buscadora; la voz entrenada y la voz espontánea; la expresión y la escucha.
Silvina habla históricamente de ese encuentro como una fusión entre el canto y el sound healing. Ese lenguaje forma parte de su trayectoria y de la tradición en la que desarrolló buena parte de su trabajo. En la práctica, lo que comenzó a interesarle especialmente fue que la experiencia del sonido no dependiera de tener una “voz bonita” ni de ser cantante profesional.
La voz podía ser también respiración, presencia, emoción, vibración, intención y una manera de relacionarse con aquello que estaba ocurriendo por dentro.
Escuchar antes de expresar
Esa transformación artística fue modificando también la manera en que Silvina entendía el éxito.
En la entrevista vuelve una y otra vez a una misma dirección: expresar algo verdadero en lugar de adaptarse únicamente a lo que el exterior espera.
Para ella, la pregunta deja de ser quién mide el éxito y pasa a ser otra: ¿hay alegría?, ¿hay verdad?, ¿lo que estoy expresando realmente nace de mí?
Esa idea atraviesa buena parte del trabajo que desarrollaría después.
Primero escuchar.
Escuchar el cuerpo. La emoción. La respiración. La voz.
Y desde allí permitir que aparezca una forma de expresión propia.
No se trata de rechazar la técnica —Silvina procede precisamente de años de formación vocal— sino de que la técnica no termine sustituyendo a la persona que canta.
Una madrugada, Beethoven y una voz que apareció
Entre los recuerdos de la entrevista aparece también una historia que después se convertiría en parte importante de su obra.
Una noche Silvina se quedó dormida escuchando música. Cerca de las tres de la mañana despertó mientras sonaba la Sonata Claro de Luna de Beethoven.
Algo en aquella música la hizo levantarse y comenzar a cantar.
Sintió que necesitaba grabarlo.
Silvina interpreta esa experiencia desde su propio lenguaje espiritual: como un momento de conexión con algo que trascendía la rutina cotidiana, una invitación a detenerse, respirar, escuchar el alma y recordar la conexión con los demás.
No necesitamos convertir esa experiencia en una explicación científica para comprender su importancia.
Forma parte de la manera en que Silvina ha vivido la música: como arte, pero también como espacio de escucha, intuición y significado.
De aquella experiencia surgiría la historia vinculada a Claro de Luna en el Bosque.
Transmutation: transformación como proceso
La conversación también permite entender mejor el significado de otro nombre central en su trayectoria: Transmutation.
Silvina lo relaciona explícitamente con la alquimia y la transformación.
Aquí la alquimia no aparece únicamente como concepto espiritual. También puede leerse como una metáfora de su propia historia: una identidad artística que cambia de forma sin desaparecer.
La cantante clásica no fue borrada.
Se transformó.
Su formación, la voz, el movimiento, la búsqueda interior, la meditación y su aproximación al sonido fueron encontrando una manera distinta de convivir.
Ese recorrido terminaría definiendo una parte importante del territorio creativo de Silvina.
Tocar el corazón empieza por estar en contacto con el propio
Hacia el final de la entrevista aparece quizá la idea que mejor resume toda la conversación.
Después de uno de sus conciertos, algunas personas se acercaron emocionadas, con lágrimas en los ojos. Para Silvina, aquello tenía más sentido que cualquier medida convencional de éxito: sentir que algo de la experiencia había llegado realmente a otra persona.
Pero hay una condición anterior.
Antes de intentar tocar el corazón de alguien, necesitamos estar en contacto con el nuestro.
Esa frase conecta la artista que fue con el trabajo que vendría después.
No contener la voz.
No encerrarla en una sola caja.
Escuchar antes de decidir qué debe salir.
Y permitir que la expresión conserve algo verdadero de quien la está creando.
Cierre
Face to Face conserva el registro de un momento en el que Silvina ya estaba dejando atrás una identidad única para construir el territorio que hoy reúne su trabajo: voz, música, cuerpo, escucha, conciencia y dimensión espiritual.
No como caminos separados.
Como diferentes formas de una misma búsqueda.
Antes del sonido, está la escucha.